Por Lucia Amoroto Venanzi.10 de enero de 1946 – Primera Asamblea General de la ONU
(AP Noticias) Por Lucia Amoroto Venanzi.10 de enero de 1946 – Primera Asamblea General de la ONU

Por Lucia Amoroto Venanzi.10 de enero de 1946 – Primera Asamblea General de la ONU

Después de años de guerra, de ciudades destruidas, de familias separadas y vidas truncadas, el mundo miraba con esperanza un nuevo comienzo.

El 10 de enero de 1946 se reunió por primera vez la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Representantes de distintos países, que habían sobrevivido al horror de conflictos devastadores, se encontraban con un propósito común: buscar la paz, unir esfuerzos y construir un futuro que no repitiera los errores del pasado.

Entre el ruido de los discursos y la solemnidad de los diplomáticos, había un joven periodista que vivía cada palabra como un desafío personal. Había perdido familiares en la guerra, su ciudad había sido arrasada, su hogar destruido, y aún así estaba allí, con la firme convicción de que contar la verdad podía mover corazones y salvar vidas.

Cada mañana, revisaba las cartas que llegaban a su oficina: cartas de familias destruidas.

Sus manos temblaban mientras las leía, y a veces se le mojaba la hoja de la emoción, porque en esas cartas estaban el hambre, el frío, la angustia y la esperanza de sobrevivir.

Aquel joven contaba con detalle cada historia. Hablaba de los que habían perdido sus hogares, de los que habían cruzado fronteras casi desnudos, con los pies sangrando en la nieve y la ropa hecha jirones. De los que compartían un trozo de pan que apenas alcanzaba para uno, de las manos temblorosas que se daban fuerza mutuamente, de los abrazos que eran consuelo y escudo al mismo tiempo.

Hablaba de niños que dormían abrazados a sus hermanos, intentando mantener el calor, de madres que caminaban kilómetros cargando a sus hijos y dejando atrás todo lo que amaban.

Sus palabras temblaban de emoción, pero nunca se detuvo. Cada relato que contaba era un grito silencioso de supervivencia, un recordatorio de que la paz no era solo un ideal, sino una necesidad humana, urgente y vital, y que cada vida salvada tenía un valor infinito.

Cuando mostraba las cartas a los diplomáticos, sus anteojos rotos por la prisa y la emoción , ellos apenas sostenían su mirada, pero veían en esas historias algo que ningún discurso podría transmitir: la urgencia de entender que detrás de cada conflicto hay vidas humanas, que la paz no es abstracta, que la esperanza necesita ser escuchada y defendida.

Y así, entre papeles mojados, lágrimas contenidas y palabras que vibraban con cada relato, aquel joven periodista entregaba a la Asamblea General un pedazo de humanidad, recordándoles que la paz es posible si quienes tienen poder la buscan con corazón, con acción y con compromiso.

En ese día, mientras se firmaban resoluciones y se escuchaban discursos, la verdadera historia de la Asamblea estaba escrita en silencio: en las cartas de los niños que soñaban con volver a jugar, en las familias que compartían un trozo de pan, en los cuerpos cansados que aún mantenían la dignidad. 

Esa historia era la que nadie podía olvidar, porque cada vida contada era un eco de esperanza para un mundo que necesitaba reconstruirse.
                    MLA.
Villaguay 2026-01-10














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